Alejandro Isturiz Chiesa – capítulo 3

Alejandro Isturiz Chiesa 1

Alejandro Isturiz Chiesa – María Morente

Carmen Cruz no se había quedado ociosa. Encontrar a María Morente representaba una misión habitual en el oficio de ayudante de detective privado Alejandro Isturiz Chiesa pero en este caso particular debía tomar todas las precauciones necesarias para no ver al pájaro levantar el vuelo. El caso era sensible. Primero porque la ex novia de Pedro García había desertado la boda de su amor de juventud. Quizás era que no quería más oír hablar de él o que el doloroso recuerdo de su desaparición podía abrir heridas que aún no habían cicatrizado. La otra razón a esta discreción se llamaba Carolina Salvo. Por seguro, la esposa legítima no debía apreciar la existencia de la ex enamorada de su esposo desaparecido. Además, era su clienta, que disponía de medios considerables además de una red de influencia elevada que llegaba hasta los estratos más altos de la sociedad Corteza. Por eso, Melania Cruz tenía que nadar entre dos aguas.
Había triunfado en todos los aspectos. Alejandro Isturiz Chiesa y María Morente se encontrarían en un lugar secreto y seguro al amparo de las orejas indiscretas. Carolina Salvo no sabría de eso nada. Ningunas huellas aparentes podrían ponerle la mosca detrás de la oreja. El día previsto, Carmen Cruz recogió a María Morente en la Estación este. Ambas mujeres se dirigieron hacia una pequeña tienda de ropa femenina como si fueran buenas amigas presas por un frenesí de compras. Una vez adentro, eligieron cada una un conjunto, luego ocuparon el probador. Fue la última vez que las vieron por ahí. Esta estratagema ingeniosa había estado afinada desde hace mucho.
Dos horas más tarde, en una pequeña ciudad madrileña, alquilaron un cuarto para dos personas en un pequeño hotel básico, haciéndose pasar por una madre y su hija. Proveída de un equipo miniatura de detección de chivatos y otros microchips electrónicos, Carmen Cruz procedió a las verificaciones habituales. Todavía preocupándose por la discreción, Carmen Cruz siguió con un dispositivo de interferencia concebido para alejar a los eventuales oyentes descorteses que se habrían aparecido en la fiesta sin invitación. Una vez el cuarto seguro, Carmen Cruz le envió un pequeño jeroglífico a su jefe por medio de la línea eléctrica. Este medio de comunicación exótico procedía del cerebro creativo de Alejandro Isturiz Chiesa. Pensaba que la debilidad mayor del todo digital era la alimentación eléctrica de las construcciones de antaño. El detective privado Alejandro Isturiz Chiesa había entonces concebido un pequeño programa informático, un especie de semáforo miniatura capaz de dar los voltios y los vatios en señales encriptadas que sólo un receptor adecuado podía descifrar. Él mismo y su equipo eran los únicos que gozaban de esta herramienta genial.
Alguien llamó a la puerta. Según lo acordado, Carmen Cruz se aseguró de que era Alejandro Isturiz Chiesa. Éste entró en el cuarto, saludó ambas ocupantes, luego dejó su chaqueta sobre la percha. Una vez las fórmulas de introducción habituales debidamente hechas, empezó su conversación con María Morente, sin tapujos.
– Señora Morente, necesitamos saber más sobre el caso de Pedro García y su desaparición. Si usted está al corriente de lo que sea pero que usted haya prometido no traicionar su situación actual o los motivos de su huida, no le obligaría a nada. Deseo simplemente saber más sobre eso. Este asunto conlleva aspectos que me conciernen personalmente. Me gustaría aprehender el problema con todos sus alcances. Mi primera pregunta es simple: ¿por qué no fue a su boda y rompió todo contacto con él?
– Mi respuesta cabe en una única frase: Carolina Salvo me amenazó con los rayos del Infierno si cruzaba aunque solo fuera la mirada de mi ex novio.
– ¿A pesar de todo lo que ustedes habían vivido desde su más tierna adolescencia, usted cumplió la orden?
– Sepa usted, señor, que ya no estaba enamorada de Pedro cuando lo dejé. Hasta diría que le odiaba por lo que representaba para mí: un niño que tomaba a su novia por su madre. Trataba establecer mi vida tomando como base la igualdad con un hombre, un verdadero. Por añadidura, Carolina Salvo puso todos los medios para persuadirme de que no insista. Sabía que no bastaba con la zanahoria, también había que usar el palo. No deseo entrar en detalles. Cogí el dinero que me proponía, una suma importante, luego me alejé tan lejos como sea posible de esta lunática.
– ¿Pedro García intentó ponerse en contacto con usted a pesar de su salida?
– No me acuerdo. De todas formas esto era imposible. Borré mis huellas lo mejor que pusiera. Llevo de ahora en adelante el apellido de mi marido. Por lo demás,  mi esposo supo jamás lo de mi relación con Pedro.
– Sin embargo, Carmen Cruz debe de habérselo dicho, usted no dejó de estar bajo vigilancia todos estos años, vigilada por un equipo de detectives privados.
– Me di cuenta al principio, cuando acababa de huir, luego los signos de su presencia se atenuaron. Pensé entonces que se había acabado la pesadilla. Cuando el asunto salió en la prensa, de nuevo me puse a prestar atención a mi entorno, en caso de que Carolina Salvo hubiera sospechado que estaba mezclada con esta desaparición.
– ¿Piensa usted realmente que Pedro García huyera a su mujer?
– Sin duda alguna. Al ver las prácticas autoritarias de su tirano doméstico, pienso que acabó por pensar que su salvación residía en la huida. Pedro no es valiente por cierto sino es ingenioso y bien sabe ocultar sus intenciones. Supongo que con los años tasó los límites de su jaula de oro y consideró necesario irse a escondidas mientras que su cancerbero dormía.
– ¿Se puso en contacto con usted?
– No podría mentirle ya que usted consiguió encontrarme. Me envió mensajes por medio de un foro de discusiones dedicado al arte culinario. Primero escondido bajo un seudónimo con objetivo principal de verificar si trataba de la buena persona. Luego se descubrió y tuvimos una correspondencia secreta.
– ¿Que quería exactamente?
– Según parece, procuraba ampliar los límites de su celda de lujo permitiéndose conversar con la desterrada de turno.
– Deduzco con eso que quiso conseguir más de usted.
– Usted no podía estar más en lo cierto. Pedro removió el pasado, nuestros amores de jóvenes adolescentes y nuestra vida común de antaño. Pensó que había vuelto a aquella época, tan feliz para él. Cuando Pedro pidió encontrarme de nuevo me olí los problemas. Lo despedí con fuerza. Volvió a insistir entonces tuve que cerrarle la puerta de manera brutal. Desde entonces no tuve más noticias.
– ¿No le dio ninguno signo de vida después de su desaparición? Ni siquiera un regalo anónimo para tranquilizarle, mostrarle que está todavía con vida.
– Sepa usted que siento compasión por Pedro aunque pienso que merece la vida que le infligió su santateresa conyugal. No le diría más sobre este caso.
– No podía esperar menos de usted. Esto le honra. Nuestra conversación se acaba. Carmen Cruz va acompañarle en su casa total discreción. Le agradezco señora Morente.
Alejandro Isturiz Chiesa salió del cuarto de la misma manera con la que había entrado. Para él, no perduraba ninguna duda en cuanto a la desaparición de Pedro García. La última réplica de María Morente lo tenía todo de una confesión disfrazada. Ella no sabía nada más de eso sino probablemente recibió un mensaje secreto, una especie de despedida romántica por parte de su ex enamorado. En su oficio, Alejandro Isturiz Chiesa había visto a muchos hombres como Pedro García. Lo que les definía invariablemente era un gusto pronunciado por la actuación. Siempre necesitaban tener la última palabra como si estuvieran en una película dramática en la que el héroe le envía flores a la elegida de su corazón antes de enrolarse en la legión extranjera.
De ahora en adelante esta pista era inútil. Se revelaba demasiado peligroso proseguir con María Morente. Por otra parte, el peligro concernía a esta última que podría ver a Carolina Salvo aumentar la vigilancia con medidas drásticas incluso radicales. Alejandro Isturiz Chiesa no sentía ninguna compasión por María Morente sino que su educación burguesa y su pasado policiaco le prohibían atentar contra la seguridad de una persona que no le había ofendido. Sabía que este rasgo característico constituía su límite en el mundo implacable de los detectives privados.

Alejandro Isturiz Chiesa – Garganta Profunda

Después de esta interesante entrevista con María Morente, Alejandro Isturiz Chiesa decidió enfocar sus recursos en la investigación inicial. Tenía que saber, tanto en la policía oficial como entre los investigadores privados, quién estará más dispuesto a darle informaciones. Carmen Cruz se encargaría de los policías, Marco Vila encerraría a Corteza, por fin él mismo encontraría al que, entre sus colegas madrileños de otra oficina, aceptaría darle algunas informaciones.
Una tarde, mientras que volvía tranquilamente a su casa, un vagabundo le abordó en la calle.
– Una moneda para comer, señor, le dijo el impertinente.
– ¿Cómo puedo asegurarme de que no vas a beberla? Replicó al detective.
– Más vale pájaro en mano que ciento volando, concluyó el indigente pegándole en las manos una revista editada por las asociaciones caritativas. Tengo aquí lectura sana y educativa. ¡Déme céntimos ahora!
Alejandro Isturiz Chiesa era un buen ciudadano. Pensaba que dejar a gente en la calle que no tiene de comer y vestir constituía el peor crimen por parte de una sociedad supuestamente civilizada. Le dio un billete de cinco euros al sucio personaje.
– Lea nuestro periódico, le dijo este último agradeciéndole uniendo ambas manos a la manera de un budista. Nuestro horóscopo debe de interesarle más particularmente. Contiene predicciones que usted juzgará muy justas en torno a sus amores futuros, su ascensión profesional y su buena suerte. ¡Jamás se equivoca, tiene usted que creerme literalmente!
– Voy a escucharle, en cuanto llegaré en casa, prometió Alejandro Isturiz Chiesa. ¡Cuídese!
– Mañana es otro día, entonó el vagabundo con este aire misterioso de los profetas borrachos.
Después de estas consideraciones filosóficas ambos hombres se despidieron. Alejandro Isturiz Chiesa continuó su camino hacia su apartamento situado en el corazón de la capital. Una vez en su casa, el detective privado Alejandro Isturiz Chiesa cede el turno al hombre con buen gusto no sin haber puesto en marcha previamente el dispositivo de interferencias y verificado que ninguna oreja indiscreta vagaba en estos lugares. Abrió una buena botella de vino tinto, una de estos caldos que conseguía de un amigo suyo y de los que se volvía loco, luego se sirvió una copa de vino. Sacó de su armario térmico un plato preparado con carne luego lo puso en el horno automático que programó para veinte minutos.
Por fin, Alejandro Isturiz Chiesa tenía tiempo para saborear su néctar borgoñón, sentado en su sofá. Se rememoró su día en algunos instantes: había sido un día ordinario, de conversaciones con colegas al mutismo suspicaz, análisis de datos proporcionados por su dúo dinámico, contestaciones a las preguntas de su clienta sobre el progreso investigación y la redacción de un informe para su jerarquía. Dos tercios de trabajo y un tercio de política.
Después de esta secuencia recapitulativa, decidió pensar en otra cosa. Los programas audiovisuales sólo le recordaban la tristeza del mundo en el cual vivía, así que prefirió leer su horóscopo en el periodicucho que le había costado cinco euros. Así como todo humano normalmente constituido, Alejandro Isturiz Chiesa empezó por centrar su atención en su propio signo astrológico, Leo, y leyó con mucha atención lo que el adivino de turno predecía.
“Usted está buscando a una persona desaparecida desde hace algún tiempo y de la que nadie sabe lo que ha sido. El signo de Escorpio está alto en su cielo. Amenaza con caerle encima en cualquier momento. El signo de Cáncer sobresale de su búsqueda pero su ascendiente Capricornio le protege de su futura ira. Usted va a descubrir quién es de verdad, vencer a Escorpio y Cáncer.”
Esta predicción parecía muy extraña. Alejandro Isturiz Chiesa estaba reflexionando cuando su teléfono sonó. Descolgó rápidamente, preguntándose quién podía molestarle a esa hora.
– Recule tres páginas, ordenó una voz metálica.
– ¿Quién está hablando conmigo? Preguntó el detective a la voz metálica, probablemente un mensaje grabado de antemano.
– La cuarta línea, persiguió su interlocutor artificial antes de colgar.
Alejandro Istura Chiesa obedeció. Pasó las páginas de su periódico miserable y miró atentamente hacía la posición indicada. Delante de sus ojos aturdidos surgió una serie de cifras, justo en medio de un rollo mal escrito sobre los pobres niños abandonados en los países ricos. El detective memorizó las cifras así como el texto de la predicción luego destruyó el periódico en el desintegrador doméstico. Ahora, tenía que resolver ese enigma que, para él, tenía un vínculo evidente con su investigación actual. Alejandro Isturiz Chiesa se sirvió otra copa de vino antes de movilizar sus pequeñas células cerebrales.
Dos días después, por la madrugada, Alejandro Isturiz Chiesa tomó su coche. Se dirigió hacia el centro de negocios del oeste de Madrid, habiendo comprendido que las cifras misteriosas correspondían en realidad a señas de espacio y tiempo. Un lugar y una fecha de cita era lo que este periódico contenía. El detective privado Alejandro Isturiz Chiesa había reconocido allí uno de los trucos que se suelen usar en su oficio, ésos de los que permiten conservar el anonimato de las fuentes. Alguien quería hablarle y sabía que él, el miembro de la élite de Corteza, estaba bajo la vigilancia estrecha de los representantes de su propia empresa. Así que frente a él, estaba una persona avispada y muy bien informada sobre los usos y costumbres de las policías privadas o de las agencias de información.
Alejandro Isturiz Chiesa aparcó su vehículo en un aparcamiento público luego caminó hacia la posición exacta indicada en el mensaje. Su teléfono móvil contenía en las herramientas: una brújula numérica, además de numerosos nuevos gadgets como este sistema de interferencias de posición que estaba usando para desviar a los perseguidores eventuales. Entró en un pasillo de servicio, giró a mano derecha y abrió una puerta supuesta reservada para el personal de limpieza. El detective privado Alejandro Isturiz Chiesa no manifestó ningún asombro al ver que esta salida estaba cerrada con llave. Después de un laberinto de pasillos tan estrechos los unos como los otros y al cabo de unas puertas, llegó a un gran local salpicado por aparatos de ventilación y de máquinas eléctricas.
Alejandro Isturiz Chiesa paró cuando su navegador le informó que había alcanzado su destino.
– Usted es puntual, fiel a su reputación, dijo una voz que venía de Dios sabe dónde.
– No le insultaré a usted pidiéndole a quién usted representa, contestó Alejandro Isturiz Chiesa.
– Usted tiene razón. Vayamos al grano. No tenemos mucho tiempo. Así como usted debe sospecharlo, voy a darle algunas informaciones confidenciales sobre el asunto Pedro García.
Primero, usted ciertamente ya se dio cuenta de que es objeto de una vigilancia estrecha mandada por Carolina Salvo y realizada por investigadores privados que vienen del mismo empleador que usted. Carmen Cruz y Marco Vila también están en su punto de mira.
Luego, usted no sabrá nada más de María Morente que lo que ya dijo en el pasado. La amenazaron con las peores represalias por si acaso ayudaría al desaparecido a borrar sus huellas o a construirse una nueva vida lejos de su esposa tentacular.
Por fin, Pedro García estuvo planificando su huida durante muchos años. Evitó dejarles cargar a indicios que les permitirían a los investigadores volver a encontrar su pista.
– No veo nada nuevo en lo que usted dice, replicó Alejandro Isturiz Chiesa que no era propenso a largos preliminares.
– Ya es hora de volver a los fundamentales de toda investigación criminal. La cuestión inicial es muy sencilla:  » ¿a quién aprovecha el crimen?”
Alejandro Isturiz Chiesa sólo podía validar este enfoque. Había repetido esta cuestión en varias ocasiones pero nunca había encontrado una respuesta evidente. Carolina Salvo detenía la mayoría del capital y de los derechos al voto de su empresa de arte. Además, disponía de una red claramente superior a la de su marido y sobre todo le necesitaba para sus grandes competencias en materia de marketing y de comunicación. Por fin, a pesar de las apariencias, quería mucho a su esposo aunque su amor se parecía más a la dominación que a la pasión romántica. Por todas esas razones, Alejandro Isturiz Chiesa había apartado a la esposa de la lista de sospechosos.
– Por lo que yo sepa, Carolina Salvo no tiene amante, respondió el detective privado Alejandro Isturiz Chiesa. ¿Quién querría deshacerse de Pedro García, un hombre que no era nada antes de encontrar a su mujer?
– No es un crimen ordinario, supongamos que Pedro García esté vivo todavía, replicó su interlocutor anónimo. Su sutileza reside en el hecho que nadie sabe dónde está y si vive todavía. El blanco verdadero no es pues el desaparecido sino más bien su esposa. Es hacia esta dirección que usted tiene que orientar sus investigaciones.
– Supongamos que esté de acuerdo con su teoría. ¿Cuáles son estas informaciones confidenciales que usted quería compartir conmigo y por las cuales acepté someterme a este juego de pista?
– Voy a dárselas. ¡No sea usted tan impaciente! Antes de revelarle todo, me debo de aconsejarle sobre los puntos muertos que podrían agotar sus recursos.
Empiezo por Corteza. Que ustedes estén vigilados por sus colegas a petición de Carolina Salvo no es muy importante. Tómenlo como un elemento de contexto. La riquísima esposa eligió llevar cinturón y tirantes para asegurarse de no hacerse traicionar por un investigador que no solo es dotado sino que también forzosamente corruptible. La dama no tiene a los hombres en mucha estima y aún menos a los de su profesión. Solo basta con desplegar contramedidas a su operación de vigilancia, dejándoles creer que no son desenmascarados.
Prosigo con la compañía Salvo et García. En caso de desaparición de ambos esposos, son sus niños Soledad, Lola, Esteban y Julio quienes heredan de la mayoría de las acciones. Son demasiado jóvenes para regir la empresa. En este caso, se encomendaría la gobernanza al secretario general actual, Carlos Salvo, el propio primo de la fundadora. Usted puede investigar sobre él pero esto será más bien por pura forma ya que no tiene el perfil adecuado para orquestar una manipulación tan brillante. En cambio, sepa usted que es un blandengue. Bajo su dirección, no le echo más de un año a esta empresa para ser recomprada por inversores advertidos.
– A ver si entiendo, resumió Alejandro, este crimen no está motivado por un carácter pasional ni por un interés económico. Solo nos queda la venganza como móvil verosímil. Si esta hipótesis tiene sentido, tengo que buscar más profundamente en el pasado de Carolina Salvo y desenterrar a todos los cadáveres vinculados con su historia personal.
– Usted lo comprendió todo, concluye su informador misterioso.
A estas alturas de la conversación, el detective privado Alejandro Isturiz Chiesa sabía que no había que perderse más en consideraciones teóricas. Tenía que obtener estas famosas informaciones confidenciales que le prometía desde el principio su interlocutor anónimo. Alejandro Isturiz Chiesa decidió volver a tomar las riendas.
– Me gustó mucho esta sesión de reflexión entre apasionados de criminología, comenzó, pero todavía no oí nada de confidencial o de extraordinario. La verdad es que estoy algo decepcionado. Mucho ruido y pocas nueces. Voy a tener en cuenta sus tesis y los varios consejos prudentes que usted me prodigó, sin embargo la verdad es que no tengo realmente con que cambiar la dirección de mis investigaciones.
– Usted es un buen orador y me gusta el hecho de que cumple con las formas para significarme su impaciencia, ironizó su informador. En su sitio, yo haría lo mismo. Hoy en día solo le doy una sola y única información pero es una que vale su peso en oro: Carolina Salvo y Pedro García no fueron los dos solos los que fundaron la compañía. Al principio eran tres socios, embarcados en un pequeño proyecto de galería de arte que llego a ser el éxito que conocemos. El tercero en discordia fue despachado en camino y borrado del mapa. Por lo demás, me fío de usted. Usted sabrá reconstruir en conjunto el rompecabezas y deducir del móvil la construcción del crimen. Ahora tengo que irme. Contactaré de nuevo con usted cuando lo considere necesario.
Alejandro Isturiz Chiesa comprendió que ya no podría sacar más provecho de esta conversación. Volvió a su coche tomando precauciones y preocupándose por la discreción como siempre y decidió convocar a su dúo dinámico para una conferencia en la cumbre, en un lugar seguro.

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