Alejandro Isturiz Chiesa – capítulo 4

Alejandro Isturiz Chiesa – Pretérito perfecto

Alejandro Isturiz Chiesa abrió la puerta de su cuarto de hotel, en un gigante complejo concebido para los amores breves, las relaciones extraconyugales y los representantes comerciales. Por medio de su dispositivo dedicado a las orejas indiscretas, procedió a las verificaciones habituales, luego activó el sistema electrónico de interferencias. Esperando a que su equipo favorito de investigadores privados lleguara, Alejandro Isturiz Chiesa iba rememorando su día: después de la conversación apasionante que tuvo con su informador anónimo, al que había decidido llamar Garganta Profunda en homenaje al célebre caso del Watergate, se fue a su oficina donde había pensado en una estrategia alternativa.

Las nuevas informaciones de las que disponía Alejandro Isturiz Chiesa, no ponían en tela de juicio las investigaciones precedentes que había llevado a cabo con sus asistentes. Solo tenía que asignar de nuevo sus recursos a súbditos diferentes: así, Marco Vila tendría que buscar en el pasado de Carolina Salvo, más precisamente en su vida profesional, además de todos sus esfuerzos para controlar la vigilancia de los agentes de Corteza.

Las preguntas eran sencillas: ¿Tanto a nivel capitalista como relacional, había que preguntarse cómo fue creada la primera galería de arte y con la ayuda de qué socios? Carmen Cruz heredaría de la parte cotilleos y rumores. Tenía que inventariar todas las relaciones amorosas o amistosas que tuvo Carolina Salvo antes de su relación con Pedro García pero incluso al principio de su relación con él. Eso quiere decir que debía saber si, en aquellos tiempos heroicos, cuando todavía no había llegado a ser una mujer de negocios rica, existía una persona que habría estado decepcionada por su clienta. En cuanto a Alejandro Isturiz Chiesa, el jefe de este comando de fisgones, como solían llamarle sus ex colegas de la policía científica, él se reservaba la parte más ardua: tenía que enfrentarse con Carolina Salvo para que confiesase todo el daño que había hecho durante los primeros años de creación de su empresa. Eso es tanto como decir que se avecinaban momentos difíciles.

Marco Vila fue el que llegó el primero. Había pasado el día con su pirata informático preferido, infectando los servidores de Corteza con virus digitales llamados “Caballo de Troya” dedicados generalmente al espionaje de datos. Esta invención se remontaba al fin del siglo veinte, mientras los ordenadores estaban conectados entre ellos por medio de una red que aún era parcelaria. Desde entonces, generaciones de programadores se habían batido en duelo con compañías de seguridad y editores de softwares, para acabar con esas murallas chinas que se suponían proteger la vida privada de los ciudadanos honrados contra estos salteadores de camino.

Estas batallas épicas tendían más a la guerrilla o a la pelea callejera que a la gran estrategia militar. Habíamos sobrepasado desde hacía mucho tiempo la competición deportiva de un David ingeniero contra un Goliat empresa multinacional para entrar en un negocio rentable para ambas partes, el ladrón y el que ha sido robado. La frontera era todavía más confusa entre el bien y el mal ya que los estados, supuestos democráticos,  revelaron ser los piratas del siglo. Estos que espían a sus vecinos hasta en los servicios. Al respecto, Marco Vila conocía un montón de anécdotas que solía contar muy a menudo a su audiencia favorita: Alejandro Isturiz Chiesa su jefe adorado y la hermosa Carmen Cruz.

Alejandro Isturiz Chiesa le concedió este pasatiempo hasta que llegue a su vez su joven asistente.
Carmen Cruz asomó la nariz unos sesenta minutos más tarde. Estuvo retrasada por las altas instancias administrativas de Corteza que, cada semana, pedían un montón de informaciones inútiles y consumían del tiempo de las asistentes para que verifiquen columnas de cifras, comparándolas con sumas de líneas en una tabla cuadrada cuyo objeto primero nadie recordaba. Era el precio que se pagaba para trabajar en una compañía española con procesos rígidos, con reglas restrictivas porque cotizada en bolsa y regida exclusivamente por indicadores financieros como todas las otras compañías.
Carmen Cruz no se ofendía sobremanera de esta obligación regular. Lo que más le molestaba era los horarios a los que la solían llamar los gestores y los contables de la casa matriz. Corteza era una sociedad americana fundada en el tiempo de los vaqueros. Estuvo basada durante mucho tiempo en Chicago hasta que una sociedad de seguridad sueca la compró a finales del siglo veinte. Sin embargo, desde una treintena de años, los inversores europeos la revendieron a un conglomerado chino basado en España por una razón de rentabilidad. Desde esta recompra y también merced a los fondos de inversión de Shanghái, Corteza brillaba de nuevo como mil fuegos, mostrando una magnífica cotización en la Bolsa española. Su sede central permanecía no obstante discreta, en las alturas de Madrid, porque la gestión de empresas, a mayoría asiática, no quería publicidad intempestiva. Todo esto explicaba esta necesidad de control y los horarios avanzados que sufrían las asistentes de las filiales europeas por culpa de las diferencias horarias entre China y el meridiano de Greenwich.

El equipo estaba por fin al completo. Alejandro Isturiz Chiesa resumió la situación con un mínimo de detalles, luego explicó las instrucciones a sus dos asistentes: deberían trabajar de común acuerdo, más próximos de lo que solían hacerlo pero sin despertar las sospechas. Con el fin de adormecerlos en su autosatisfacción, la seguridad tampoco debía revelar una desconfianza demasiado fuerte con respecto a Corteza.
– Tengo una idea en cuanto a nuestros colegas indiscretos, lanzó Marco Vila. Propongo alimentarlos con informaciones falsas pero realistas con el fin de orientarlos hacia callejones sin salida.

– Hallazgos de este tipo, replicó Alejandro Isturiz Chiesa harto por este tipo de niñerías, hacen que en general los mañosos frecuentan los cementerios más temprano de lo previsto por las instancias divinas. Si usted quiere desacreditar nuestra tapadera, en efecto ésta es la mejor solución. Por cierto, nuestros vigilantes son un poco pesados pero a pesar de todo, tampoco son estúpidos hasta el punto de caer en la trampa tan fácilmente.

– ¿Cómo piensa usted acercarse a la clienta? preguntó Carmen Cruz. Si Carolina Salvo indispusó a un enamorado transido o expolió a un socio demasiado ingenuo, no lo confesará sin preámbulos.

– Ya veré cuando la ocasión se presente. Usted organizará el encuentro en nuestros locales, bajo cubierto de punto excepcional. Pienso que jugará el partido en dos fases: primero, ocultará sus intenciones y sólo me revelará informaciones de segunda mano. Actuaría como si consiguiera adormecerme con sus cuentos. Sacaremos provecho de esto para seguirla discretamente y volver a seguir el rastro de su pasado. De facto, Carolina Salvo será nuestra llave maestra en el mundo secreto de sus pequeños chanchullos. Un interrogatorio riguroso, incluso disfrazado con los mejores motivos que sería en este caso protegerla de un enemigo enmascarado, no nos serviría para nada. Carolina Salvo se forjó, durante todos estos años, un personaje ficticio de mujer fría y honrada al que no va a abandonar fácilmente. Así está hecha la naturaleza humana. Sería ilusorio querer cambiarla.
El trío se separó después de esta última recomendación de Alejandro Isturiz Chiesa. Cada uno volvió a su casa, siendo consciente de la amplitud de la tarea que quedaba por cumplir. Esta vez había que enfrentarse a un adversario desconocido y escondido desde una quincena de años. La magnitud de la maquinación que había dirigido evidenciaba el hecho de que disponía de medios financieros importantes y que estaba dotado de una inteligencia ampliamente superior a la de los maleantes con los cuales los detectives de Corteza solían enfrentarse. Por fin, elemento muy importante en un asunto de este tipo, sacaba su energía criminal de una motivación inquebrantable, por cierto alimentada por el fuego de la venganza.

Según lo acordado, Carmen Cruz organizó el encuentro entre Carolina Salvo y Alejandro Isturiz Chiesa, en la oficina madrileña de Corteza. El jueves por la mañana, a las diez en punto, la rica mujer de negocios se hizo anunciar por la asistente del detective privado. Este último la recibió sin llamar la atención y pidió a Carmen Cruz que reciba las llamadas telefónicas sin interrumpirle durante la entrevista. Alejandro Isturiz Chiesa convidó a Carolina Salvo en su escritorio luego puso en marcha el dispositivo de seguridad a su nivel máximo.

– Por favor señora Salvo, empezó el detective, tome sitio y escúcheme atentamente.

La esposa de Pedro García se sentó en la mesa redonda prevista para este efecto y proveída de todo lo necesario para recibir dignamente a la clientela de alto copete de Corteza. No parecía intrigada ni inquieta por este ceremonial. Carmen Cruz no le había indicado nada especial sobre el objeto de esta entrevista. Para la clienta, debía de ser un encuentro para determinar el grado de evolución de la investigación pendiente.
– Avanzamos bien en nuestras investigaciones. Existe hoy una pista que nadie había estudiado antes. Esa es la razón de nuestra entrevista. Voy ciertamente a parecerle brutal, discúlpeme de antemano. La desaparición de su esposo remite a una manipulación en su contra. Usted está pues en la mira. Pedro Garcia fue el arma utilizada para hacerle daño. ¿Sabe quién podría tener el punto de algo en contra de usted?

– No me hice solo amigos durante mi carrera de empresaria, reconoció Carolina Salvo. De ahí a eliminar a mi marido para vengarse de mí, hay un precipicio.

– Preciso mi pregunta: ¿Estará alguien tan enfadado con usted como para atacarla a través de su esposo? Quiero decir por ahí, una persona muy motivada por una venganza hábilmente organizada desde hace años y orquestada con mano maestra y con recursos considerables. Probablemente sería una persona próxima suya o que lo fue en el pasado. Esta persona la conoce muy bien, así como Pedro García. Por fin, él o ella actuaría a escondidas desde todo este tiempo y se las arreglaría para borrar su nombre del mapa.

Carolina Salvo empezó a mostrar señas de inquietud. Se sirvió un vaso de agua con gas y tomó por asalto la copela de cacahuetes. Alejandro Isturiz Chiesa dedujo de eso que su estrategia podía resultar fructuosa si dejaba a la bella empresaria la ilusión de mantener el control sobre la reunión. Decidió no apresurarla, darle todo el tiempo necesario para la construcción de su fachada. El detective privado no aspiraba a la verdad sobre las vilezas de la pareja Salvo y Garcia sino que su maniobra le permitiría posiblemente revelar fallos en la gruesa muralla que se había construido la mujer de negocios durante dos décadas.
– Jamás tuve un amante mientras estaba con Pedro, soltó finalmente. A propósito, pero supongo que usted ya lo comprobó, siempre le he sido fiel a mi esposo desde su desaparición. Quiero precisar que jamás me enamoré de otro hombre que de él.

– Hablemos del eje pasional, ya que usted emprende este camino, contestó Alejandro Isturiz Chiesa. Confíe en mi experiencia: más de la mitad de los casos de este tipo son el caso de próximos que se imaginaron una relación sentimental que no fue compartida. Usted debe pues buscar en sus recuerdos al hombre o la mujer que habría podido alimentar para con usted sentimientos menos platónicos que le parecía en aquella época. A menudo, nos imaginamos una amistad mientras que la otra persona desarrolla una historia de amor que está condenada al fracaso.

– No tuve a amigos de esa categoría. La sola amistad que conocí en aquella época era una joven mujer de mi promoción de las Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. Se llama Mercedes Ruiz. Parecía en estos tiempos sentirse fuertemente atraída por Pedro. Hasta sospeché que intentaba seducirlo a mis espaldas. Por eso, nos enfadamos y ella se volvió a su Holanda natal dónde halló la horma de su zapato. Desde entonces no he tenido ningunas noticias suyas y no procuro tenerlas.

– ¿En aquel tiempo, qué era lo que motivó sus sospechas en contra de ella?

– Cuando creamos la primera galería de arte, no tenía los medios para entrar en el capital accionarial por otra vía que la vía simbólica. Sin embargo, Mercedes propuso asociarse con nosotros comprando el mínimo de acciones. Era nuestra creativa, nos ayudaba con todo lo que se refería a la publicidad ante las comunidades de negocios y los institucionales. En aquellos tiempos, ya sabía que yo tenía la vena comercial. Callejeaba para encontrar  clientes. Pedro se encargaba del marketing. Por eso, trabajaba mucho con Mercedes. En ese entonces me di cuenta de que pasaban mucho tiempo juntos mientras yo andaba por todas partes. Me molestaba esta proximidad. Empezaba a sentir celos y no lograba razonarme ante este asunto. Mercedes gozaba más que yo de la presencia de Pedro cuando éste era mi novio.

– ¿Ahora que usted haya dejado todo esto por atrás, qué piensa usted realmente de los sentimientos de su socia con respecto a su esposo?

– Creo que estuve injusta con ella. Mercedes nunca intentó volver a contactar con Pedro después de nuestra desavenencia. Cortó el contacto con nosotros de manera definitiva.

– ¿Piensa usted que Mercedes tendría la personalidad adecuada para planear una conspiración personal en contra a usted?

– Cuando éramos estudiantes de arte, manteníamos una relación de amistad y de competencia. Mercedes Ruiz es una mujer muy guapa que tiene un éxito inigualable ante los hombres. Sabe lo que quiere y cómo cumplir sus propósitos. Supongo que se casó con un ricacho en su país y logró tejer una red de influencia que basta para disponer de los recursos necesarios para organizar este tipo de proyecto criminal. Sin embargo, no pienso que estas chiquilladas a propósito de esta supuesta relación con Pedro se hayan hecho el motivo de una voluntad de venganza contra mí.

El resto de la conversación no permitió aprender más sobre el pasado de Carolina Salvo. Para la mujer de negocios, solo Mercedes Ruiz habría podido alimentar resentimientos para con ella pero no pensaba que esta opción fuera realista. A pesar de todas las tentativas disfrazadas de Alejandro Isturiz Chiesa, en ningún momento, Carolina Salvo abordó otra hipótesis que la de la perspectiva pasional. El detective privado concluyó que, o bien no había expoliado a nadie en el momento de la creación de su empresa, o bien pensaba que no tenía nada que reprocharse en cuanto al caso o que no deseaba confesarle sus secretitos.

Alejandro Isturiz Chiesa se inclinaba por la tesis del secretito. Esto concordaba mucho más con la personalidad dominadora y la mala fe de Carolina Salvo. Llegaría a tener más informaciones sobre eso en los próximos días por medio de la vigilancia electrónica que había instalado Marco Vila en las comunicaciones de su clienta y también por medio de la investigación en el vecindario que efectuaba Carmen Cruz. Alejandro Isturiz Chiesa acabó la entrevista haciendo el balance de la situación pero descuidó hablarle de su informador anónimo. Mareó la perdiz cuando Carolina Salvo se volvió más curiosa, aduciendo a sus contactos en el seno de la policía y otras tonterías que se tragó sin protestar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *